Estos días dicen que son muy apropiados para los recuerdos, lo que está muy bien si uno puede acordarse, porque con tanto ruído no hay manera de pararse un poco. El caso es que intentaba yo hacer un ejercicio de recuerdo intentando traerme a algún alcalde vigués que no juntase a su alrededor tantos pelotas como bulliciosas quejas. Las asociaciones de vecinos fueron un clásico, los empresarios siempre estuvieron a la gresca contra lo que se moviera sin su permiso, más o menos lo mismo que les gustaría a los sindicatos, que no dejan de intentarlo; los funcionarios, los músicos, los conductores y hasta las amas de casa siempre han encontrado en Vigo un lugar donde expresar sus problemas, no siempre justificados ni en formas ni en fondo. No digamos ya los rivales políticos del alcalde de turno. Hasta que no vimos a Castrillo pasearse con Fraga tan rumbosos por el puerto de Vigo metidicos los dos en el coche, no se vivió en la ciudad algo de paz en este sentido. Y que sea un orgullo el susodicho paseo, pues está por ver, desde luego.
A falta de otro encanto creímos los vigueses que lo mejor que podíamos ofrecer a nuestros ciudadanos era una plataforma desde la que ser oídos, lo que no está mal. Pero ahora mismo Vigo puede ofrecer más cosas, ya no es una ciudad de hollín, de curritos de Citroen que se escapan a la aldea el fin de semana para poder dar un paseo sin la amenaza de un coche sobre la acera. Pero en las formas la cosa no parece haber cambiado demasiado. El conflicto se mueve entre la tontería gruesa y la usurpación de funciones, las tontadas parecen hacernos olvidar que en esta ciudad, en lugar de ayudar a los más necesitados, haciéndonos más humanos, preferimos orientar a los que vienen dispuestos a ganar dinero. Esto nos da una idea de qué tipo de ciudad aspiramos a ser. Una en la que los fuertes toman las decisiones sin pararse a pensar en lo que dijimos todos en su momento.
miércoles, diciembre 28, 2011
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