martes, octubre 05, 2010

la rotonda del bicentenario

Me molan estas cosas de conflictos entre alcaldía y Xunta. Desde tiempos de la Perly y Touriño que no se vivía una así tan chula como la de la rotonda. Tuvimos la del horario de la Etea, pero como la cosa dependía de palabras dichas en reuniones privadas, en compromisos personales y nadie estuvo dispuesto a montar un tiroteo como dios manda, entre la local y los seguratas, pues la cosa quedó aguada, sin chicha ninguna.

En cambio ésta de la rotonda sí que tiene más miga. El concello empieza a hacer una rotonda al lado del Monte del Castro. Como le corre prisa se le olvida que el Monte está lleno de yacimientos arqueológicos (aunque, la verdad, si alguno queda por allí, sería un milagro de los gordos), por lo que es obligatorio que haya un arqueólogo echando un vistazo a los movimientos de tierras. La Xunta, que está en todo, se acuerda del esto a mitad de las obras, cuando quedan tres semanas para que se inaugure la plaza en cuestión. En lugar de avisar mandando un chico al concello con la orden de paralización deciden enviar un fax, que es más austero, aunque no se ajuste a la ley de aministraciones públicas, pero sí a la educación y a los buenos modales. Y para que así conste salió la Molares con el justificante de haber enviado el fax, que en el locutorio siempre se lo daban cuando le enviaba a aquel chico cubano tan buenazo los justificantes de ingreso de los cuartos para la abuelita Zoila. Así que como nada de esto acaba de convencer al Caballero, que para parar una obra exige que las cosas se hagan por lo menos de una manera más correcta a como las hace él mismo, no para nada, se hace el longuis y les dice que les manden a la policía autonómica. Que ahí les espera él, montado en su escultura bicentenaria.

Con lo fácil que es para algunos el negociar cualquier tontería de éstas del patrimonio con la Xunta. Incluso cuando se trata de negociar sobre elementos que no les corresponden más que para derribarlos, dejándose de extravagancias para mantener edificios que no sólo no tienen valor ninguno, si no que cada día que pasa incumplen la normativa relativa al patrimonio histórico.

Lo tiene claro Caballero de aquí hasta mayo. Cualquier desgracia que suceda en la ciudad, como que la Molares pierda un bolígrafo, que la Porro se levante torcida o que el Figueroa te ande de resaca, lo acabará pagando él. Si, además, no te anda muy fino, que no te anda, lo mejor será que no se baje demasiado de la escultura del Silveira.
 
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