miércoles, febrero 24, 2010

los políticos

El otro día hablaba aquí de la tendencia de algunos medios a darle cobertura a ciertas tendencias políticas de corto alcance intelectual, pero de importantes consecuencias sociales. Esa absurda manía de considerar interesante a quien dice en la plaza pública que los políticos son unos mangantes sin aportar ninguna prueba es lo mismo que darle un micrófono a una señora que cree que la homosexualidad es una cochinada porque el semen se mezcla con la caca.

A veces entiendo que puede ser complicado intentar discernir lo que tiene sentido, lo que merece ser escuchado, de lo que no. ¿Qué es más interesante? ¿El dedo griego de Aznar o la invitación a la felación de John Cobra? ¿Acudieron a clase de Educación para la Ciudadanía alguno de ellos? ¿Y su público? (Por cierto, que ambos justificaron su gesto de idéntica manera, pero al menos uno de ellos no lleva escoltas). Por supuesto que todo el mundo tiene el derecho a ser escuchado, faltaría más. Pero eso no significa que todo el mundo tenga derecho a que su opinión deba ser tenida en cuenta. Por ejemplo, mi opinión sobre la física nuclear es una mierda de opinión, no tengo ni idea del tema y, si alguien me ofreciera algún dato, no podría contrastarlo con nada. Quizás con la central nuclear de Springfield y la risa nerviosa que me provoca, pero poco más.

Habrá quien piense que mis sentimientos son muy respetables y, por lo tanto, deben ser tenidos en cuenta. Por ejemplo, si un cafre tortura y asesina a una chica indefensa y sale a la calle a los pocos años porque cuando cometió su crimen era menor de edad, mis sentimientos de pánico pueden llevarme a pensar que es lógico mi terror y mi deseo de que continúe en la cárcel. No sólo mis hijos pueden ser torturados por este sujeto, sino que incluso su ejemplo puede cundir, aumentando la amenaza. No faltará quien se anime a seguir este ejemplo, viendo lo barato que le salió la fechoría al primero que la perpetró. Y gente mala siempre hay, en mi oficina, sin ir más lejos, hay un tío que siempre aparca en la plaza reservada a minusválidos y aún presume de eso, el tío. Y, si tiene alguna duda, pregúntese ¿le gustaría que le hicieran eso a su hija o a su madre? Ahí le hemos dado, puesto que nadie quiere que torturen y asesinen a sus hijas y madres, todos deseamos que se encarcele indefinidamente a quien pueda hacerlo. Para que no pueda repetir esta conducta y para que no cunda el ejemplo. Dos más dos son cuatro, aquí y en la China.

Este razonamiento no tiene en cuenta determinados aspectos, como que nuestra conducta social está regulada por leyes, de la que destaca la Constitución, que se empeña en no estar pensada para acabar con los malvados, si no para defendernos a todos nosotros; ni se tiene en cuenta los complicados pasos del desarrollo personal, intelectual y social de los individuos; ni la realidad carcelaria y el poco atractivo que ejerce su planificación a largo plazo; ni la complejidad de nuestro sistema legal y legislativo, diseñado para garantizarnos la mayor fiablidad y tranquilidad efectiva; o el alto atractivo que tiene la publicidad de determinados aspectos de nuestra personalidad colectiva; o los datos estadísticos de criminalidad que nos garantizan una seguridad absoluta si cumplimos con ciertas normas de conducta dictadas por el sentido común.

Y llegados a este punto usted me dirá que todo esto le da mucho por el culo, que lo quiere es que no maten a sus hijos ni tener miedo de que esto pueda suceder algún día. Esto es un enroque, muy legítimo, pero que nada aporta al debate. Cuando a uno le dan por el culo poco puede razonar o poco dispuesto puede estar a adoptar otras posturas. Lo que usted pueda opinar al respecto no interesa y no tiene usted derecho a que se le tenga en cuenta si no es capaz de aportar nada al tema. Al menos, pregunte, hombre, y quizás alguien le responderá, aunque sea google.

Así que ahora, volviendo al tema: ¿cómo saber qué es lo relevante?, hay una pista inconfundible que nunca falla: aquel que atenta contra el sistema que garantiza que la voluntad popular es la que ha de gobernarnos no merece ser tenido en cuenta.
 
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